• En pocas palabras

    Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda. Jean de La Fontaine
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    No intentes jamás curar el cuerpo, sin antes haber curado el alma. Hipócrates
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    Visión es el arte de ver las cosas invisibles. Jonathan Swift
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    El tipo de filosofía que uno elige depende del tipo de persona que uno es. J.G. Fichte

  • Es necesario liberarse de las cadenas de las ocupaciones cotidianas y de los asuntos políticos... Hay que huir de la política porque daña y destruye la felicidad.
    Epicuro

  • La existencia está más allá del razonamiento... Cuando hayas visto las limitaciones de la inteligencia... empezarás a superar la mente... El hombre es un signo de interrogación, es una bendición. Celébralo".
    Osho

  • Traductor

Libertad, pluralismo, democracia

Recojo unas anotaciones en dos textos leídos hace años que recupero ahora. El primero de Herbert Marcuse, el hombre unidimensional de 1964, y el segundo de Isaiah Berlin de 1958 en “Dos conceptos de libertad”.Observo como con el paso de los años no pierden actualidad.

Detrás de esos fragmentos subyace el debate sobre el papel de las libertades individuales dentro de un marco social, dado que demasiadas veces los organizadores del espacio público priman lo colectivo por encima de lo individual, sacrifican lo concreto por lo abstracto, faltando así al respeto de derechos elementales.

El imperativo ético del respeto al otro, en cualquier actividad de la vida social es previo a un posicionamiento político. Su denuncia está más allá de partidismos.

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Universales como «nación», «Estado», «la Constitución Británica», «la Universidad de Oxford», «Inglaterra» (…) la manera en que tales cosas y personas están organizadas, integradas y administradas opera como una entidad diferente de sus partes componentes, hasta un grado tal que puede disponer de la vida y la muerte, como en el caso de la nación y la constitución. Las personas que ejecutan el veredicto, si son identificables, no lo hacen como individuos sino como «representantes» de la Nación, la Empresa, la Universidad (…)  Esta realidad ha asumido una existencia superimpuesta, independiente (…)  Para que tuviesen sentido, «la nación» o «el partido» deberían ser convertibles en sus constituyentes y componentes. (…) la falta de instituciones representativas en las que los individuos trabajen para sí mismos y hablen por sí mismos, lleva a la realidad de universales como la Nación, el Partido, la Constitución, la Empresa, la Iglesia; una realidad que no es idéntica a ninguna entidad particular identificable (individuo, grupo o institución). Estos universales expresan (…) los poderes particulares que han organizado la totalidad de la sociedad.

Una reconversión que disolviera la sustancia espuria de lo universal es todavía un desiderátum; pero es un desiderátum político.

 

Marcuse – El hombre unidimensional

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La teoría política es una rama de la filosofía moral, que comienza con el descubrimiento de las ideas morales en el ámbito de las relaciones políticas y con la aplicación de aquéllas a éstas.

Frecuentemente se han señalado los peligros que lleva consigo usar metáforas orgánicas para justificar la coacción ejercida por algunos hombres sobre otros con el fin de elevarlos a un nivel «superior» de libertad. Pero lo que le da la plausibilidad que tiene a este tipo de lenguaje, es que reconozcamos que es posible, y a veces justificable, coaccionar a los hombres en nombre de algún fin (digamos p. e. la justicia o la salud pública) que ellos mismos perseguirían, si fueran más cultos, pero que no persiguen porque son ciegos, ignorantes o están corrompidos. Esto facilita que yo conciba coaccionar a otros por su propio bien, por su propio interés, y no por el mío. Entonces pretendo que yo sé lo que ellos verdaderamente necesitan mejor que ellos mismos. Lo que esto lleva consigo es que ellos no se me opondrían si fueran racionales, tan sabios como yo, y comprendiesen sus propios intereses como yo los comprendo. Pero puedo pretender aún mucho más que esto. Puedo decir que en realidad tienden a lo que conscientemente se oponen en su estado de ignorancia porque existe en ellos una entidad oculta —su voluntad racional latente, o su fin «verdadero»—, que esta entidad, aunque falsamente representada por lo que manifiestamente sienten, hacen y dicen, es su «verdadero» yo, del que el pobre yo empírico que está en el espacio y en el tiempo puede que no sepa nada o que sepa muy poco, y que este espíritu interior es el único yo que merece que se tengan en cuenta sus deseos. En el momento en que adopto esta manera de pensar, ya puedo ignorar los deseos reales de los hombres y de las sociedades, intimidarlos, oprimirlos y torturarlos.

Ya no es el individuo con sus deseos y necesidades reales tal como se conciben normalmente, sino el «verdadero» hombre por dentro, identificado con la persecución de algún fin ideal, no soñado por su yo empírico. Al igual que en el caso del yo «positivamente» libre, esta entidad puede ser hinchada hasta convertirla en alguna entidad superpersonal —un Estado, una clase, una nación o la marcha misma de la historia—, considerada como sujeto de atributos más «verdaderos» que el yo empírico.

«Nadie puede obligarme a ser feliz a su manera decía Kant. «El paternalismo es el mayor despotismo imaginable.» Esto es así porque es tratar a los hombres como si no fuesen libres, sino material humano para que yo, benevolente reformador, los moldee con arreglo a los fines que yo he adoptado libremente, y no con arreglo a los suyos.

¿En nombre de qué puede estar justificado forzar a los hombres a hacer lo que no han querido o aquello a lo que no han consentido? Solamente en nombre de algún valor que sea superior a ellos mismos. Pero si, como sostenía Kant, todos los valores se constituyen como tales en virtud de los actos libres de los hombres y sólo se llaman valores en cuanto que son así, no hay ningún valor superior al individuo. Por tanto, hacer esto es coaccionar a los hombres en nombre de algo que es menos último que ellos mismos, someterles a mi voluntad o al deseo particular de otro (u otros) para su felicidad, ventaja personal, seguridad o conveniencia. Tiendo hacia algo deseado (por cualquier motivo, no importa lo noble que sea) por mí o por mi grupo y para ello utilizo a otros hombres como medios. Pero esto está en contradicción con lo que yo sé que son los hombres; a saber, fines en sí mismos. Todas las formas de forzar a los seres humanos, de intimidarles, de conformarles contra su voluntad con la propia norma, todo control de pensamiento y todo condicionamiento  son, por tanto, una negación de lo que constituye a los hombres como tales y a sus valores como esenciales.

Los liberales de la primera mitad del siglo XIX previeron correctamente que la soberanía del pueblo podía destruir fácilmente la de los individuos.

Benjamin Constant (…) Se dio cuenta de que el problema fundamental (…) no es el de quién ejerce la autoridad, sino el de cuánta autoridad debe ponerse en unas manos. Pues él creía que una autoridad en manos de cualquiera, tarde o temprano tenía que destruir a alguien.

La democracia puede desarmar a una determinada oligarquía o a un determinado individuo o grupo de individuos, pero también puede oprimir a las personas de manera tan implacable como las oprimían los gobernantes anteriores.

Berlin, Isaias – Dos conceptos de libertad

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Otros textos:

Habermas, Jürgen. La lucha por el reconocimiento

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